“En la posguerra comíamos gatos y estamos a punto de empezar a volver a hacerlo” digo, como título

“En la posguerra comíamos gatos y estamos a punto de empezar a volver a hacerlo” digo, como título

martes, 2 de septiembre de 2014

He oído que hay niños que viven la cárcel sin conocer la cárcel.

Piranesi, grabado



He oído que hay niños que viven la cárcel sin conocer la cárcel. Que la intención y el autoengaño los sobrevive, que cuando oyen la palabra reclusa y comienzan a desperezar las letras para formar la palabra penitenciario aún quieren creer que viven una historia diferente. Quiero pensar qué viven realmente esos niños, si salen correteando como a un parque alejado y lleno de detectores de huellas dactilares, dime niño si puedes con tu ansia circular de vida llenar una habitación de visitas de historias del viejo ártico, dime cómo puedes creer que eso es un médico especial, dime niño como puedes aún sonreír, siendo tan viejo.

Qué es una reja para ti, si es tu costumbre. Visitar a tu padre o a tu hermano, visitar a tu madre sin tocarla, comenzar a decir abrazo sin dar abrazo, comenzar a bailar para ellos y su sonrisa, de dónde sacas la fuerza para sostenerte en los engaños. Cuando vuelves a  casa y ya no están ellos, por qué han elegido ese sitio de verjas te preguntas, de puertas enormes que no se abren,  dónde quedan los otros niños que te cruzas, cuál es ese lugar donde lloran los adultos sin quererlo. Por qué debes esperar junto con otros, a que se abra la puerta en el horario de visitas, ponerte serio, cogerle la mano a tu hermano, que ya eres mayor, haz que se note.

Dime cuándo se te volvió el rostro color amarillo macilento, cuándo aprendiste a guardarte la náusea para el recreo, cuándo comenzaste a sustituir la risa por un silencio de muerto.
De esa inyección de mentira vive el padre, esa inyección de contradicciones forma al hijo, mientras el tiempo pasa demoliendo los años, y el niño se hace grande y el centro de trabajo no puede ser ya más un centro de trabajo, la excursión ya no puede mantenerte inmerso en la alegría, las vallas crecen por tres veces tu tamaño, y ahora las distancias cobran significados, los funcionarios te han visto crecer y en cambio, parece que nunca te hubieran visto.

Dime hijo de cárcel cómo se lleva nacer con el corazón pleno de instancias, oír la palabra permiso sin ser tú el castigado, la dosificación de los abrazos, la manera de crecerte a distancia de la sombra de tus padres. 

Niño que no eres huérfano ni eres tú deudor de nada. Cómo crecer con el hueco entre los sábados, como aguantar el domingo sin llenarte las manos a cabezazos. Mantener un juguete sin morder, mantenerte de pie, cada mañana. Ir al colegio, volver.

Y cómo es la cárcel desde dentro del interior de tu madre, cómo sin la calidez del hogar, acaso es hogar la cárcel cuando lo habitan los embarazos, se vuelve suave el aire, se redondean las aristas del rostro, contagias niño sin haber nacido ya, la ilusión de lo nuevo, la esperanza de lo otro, la conciencia de la vida por encima del encierro, bajo el cielo de todos.  Dime niño que creces cómo puedes seguir haciéndolo, dónde dejas las raíces, dime que puedes volar al menos, de habitación al patio, del patio hacia el extranjero, dime. Dime niño de hierro.


He oído también que naces con el número de pañales racionados. Ni uno más ni uno menos. ¿Aprendes a adaptar tu mierda al presupuesto?

sábado, 30 de agosto de 2014

Así suena mi espanto



Como se viste el torero antes de llegar a muerte
así suena tu nombre,
colgando de un clavo en la pared que huele a lluvia,
con la misma prisa con que recogemos las ventanas
y las llevamos lejos de la vista para no poder abrirlas,
con ese mismo viento que no sucede
en este espacio estanco
agarramos con fuerza los zapatos para que no nos roben el camino
con la soberbia con que los recién despiertos llegan al encuentro,
sentarse a la mesa después del día triste,
tener que seguir comiendo:
así sabe tu ausencia llena de golpes.

viernes, 29 de agosto de 2014


Ombligos arrastran penas olvidados
primeros lugares con su forma invoca abismo.
Decir ombligo es decir madre y dar asiento
es decir infancia
como tomar el recuerdo con la boca abierta
como cuando tragas agua
fuera y dentro.
Decir ombligo es tocar misterio,
tejer fotos de un álbum común donde ser cualquier recién nacido,
saberse ya suceso.
Tocar el suceder, tocar ombligo
es nunca volver a casa estando dentro

miércoles, 27 de agosto de 2014

Hoy es miércoles 27 de agosto. Se anuncia ya en la calle la caída adelantada de la hoja.





Después de tanto para nada, abandonan los pasos de ayer
las ganas de mañana
desciende el canto vitrificado de algún hastío.
Después de tanto para nada aún hay tanto más
para la espera, esperar no se espera naturalmente calmado
se vician los tiempos de anclas en la garganta
de colecciones de monumentos eternos, de las teclas desarmadas
para nuestra lucha conjunta frente a todos los conceptos,
lentas de ánimo padecen las conciencias la exhumación del amarillo,
la hache que no intercala en tus huidas nuevas oportunidades
después de tanto para nada, nada para tanta necesidad de algo
aún hay tanto o más aún hay todo, sólo necesitas el hambre necesario
el apetito que te lleve a abrir la boca y avanzar a dentelladas

después de nada.

domingo, 24 de agosto de 2014

Hoy ha sido la parte más informal del día gratuito. En California se ha producido un seísmo de seis grados. De seis.

Ha ganado muchos trofeos. Los gana por su olor. Los tiene ordenados en la estantería dependiendo de la aleación de los metales y de la forma, más o menos orgánica además del tono que tiñe el metal y a mayor altura los que menos brillo y más geométrica la forma. Siempre repite lo mismo antes de despedirnos. Cuatro y dos, seis. Escucha. Anteriormente ha repetido todas las veces: con las manos estamos jugando. Tiene los nudillos fríos y las manos largas, con la garra del teclado escrito en ellas. Cuatro y dos, seis. Escucha. Anteriormente: con las manos estamos jugando. Lo siento. Escucha, que no son dejes. Sus manos se abren buscando las mayúsculas y su cabeza se mueve a un ritmo paso y medio por delante del resto de su cuerpo, los labios acelerados marcan no.
No. Escucha, no son dejes. Con las manos estamos jugando. No. Coincide el no con el no anterior del movimiento y el ritmo vuelve a la mesa. Nunca le sudan las manos, tampoco ahora mientras repite un no que le crece de más lejos de la entraña y nunca lo abandona. Repite no y con él todo el cuerpo lo afirma.
Estoy dolido. Dice esto con los vuelos más lentos que convierten los pájaros en hojas y confunden las formas ante la sombra de los bancos que arremolinan en su forja todos los aires. Estoy dolido. Y duele con la lentitud de todos sus trofeos colocados para proyectar una sombra delineada.

No, pasó la noche antes de que llegaras. Pasó cuando ibas a cuidarla, a ella. No llegaste nunca y ahora ella está bajo tierra. Cuatro y dos, seis. Escucha. Ahora ella está bajo tierra. Sí, eso dijiste la vez anterior que se podía hablar. Esto no era una partida de mus. Dice no y se le contiene el gesto. Hablamos de la vida de ella.

sábado, 16 de agosto de 2014

Ellos

La palabra que contiene el diccionario es arroz y yo río con las manos llenas de sábados. Me ha dicho el camarero que los gitanos lo dejan todo muy sucio, acuden a visitar las cárceles en domingo, se trasladan con sus bocadillos de colores primarios y la furgoneta llena de normalidad porque han nacido en las cárceles y llevan enfrentando las verdades entre traslados desde antes de inventar el viaje, desde antes de traer la siembra. Yo los miro asombrada porque tienen ese corazón hecho de ramas donde nacen y llueven familias enteras y lo desmontan todo con la felicidad de la costumbre bien hecha, con la facilidad de desenvolverse en un mundo lleno de polvo y hacer sonar el pecho tres veces por encima de mi oído, y mi oído lo oye prácticamente todo y clava sus llantos en mi memoria y lloro ya avergonzada de mi estruendo de principiante y siento que qué derecho tengo a llorar si mi familia me cabe en la palma de una mano y entonces entiendo que la mano se fractura constantemente y me crecen hijos de confianza que luego me traicionan y vuelvo a no entender nada. Que manchan mucho y lo ensucian todo y luego nada se beben, pasan como un torbellino de ruedas desdentadas, trafican antes de entrar para ver al último que pasa allí sus noches y como lloran, que lo oigo todavía y pongo un río de trenes sonando al mismo tiempo, pero como lloran, enteros. Se desnudan y tienen todos una sonrisa desencajada. Se ríen y se lloran al mismo tiempo y yo me siento y los cuento pero siempre aparece uno nuevo tras la esquina y ni contabilizarlos puedo y ellas son tan grandes y tan pequeñas y llevan el extranjero reducido en sus pendientes y andan con paso lento y el miedo se va tiñendo.

Creo que tengo frío creciéndome en las entrañas, me pregunto de que color pinta el hielo este encogerse de dolor, este miedo de abrir los ojos y encontrarme conmigo. Creo que tengo miedo y es frío y crece y cristaliza y a veces salen llantos que están muy fríos y a veces tirito y es agosto


Aquí está la casa donde fuimos
algo más que una casa, otra cosa
que despertaba al aire en el pasillo
que sentaba la silla en su respaldo.
Aquí, en esta foto, está esa casa
donde fuimos un círculo desecho
pero circular al fin y al cabo, la casa
donde se tejieron mañanas de lectura
y nocturnidades con cuerdas de guitarra.
Aquí está el recuerdo desinfectado del dolor de entonces
del hedor a viejo obligatorio, del pasar
indemne del pasar indemne del recuerdo
del recuerdo de ninguna
casa, de esa otra casa.


II


Hay arquitecturas silentes llenas de gritos
que suenan como intuiciones para los cuerdos,
espacios hechos de escala, calculados
para un tiempo donde nada discurre,
sólo continúan pasos de sordos,
mudos de vejez anticipada,
aguas de nadie, enfermos sin ojales para cerrar su casa
para guardar su hoguera.
Acudimos llamados por la prisa
a ninguna parte
y luego nos asusta el silencio que hemos reclamado
pacientemente.